07 mayo 2008

Elegir ser caramelo

Hay ocasiones en nuestras vidas en las que nos convertimos en expertos actores y representamos con verdadera maestría el papel de ser como no somos y, lo que es peor aún, fingimos sentir lo que no sentimos. No es fácil darse cuenta, y algunas veces ocurre que no sabemos si somos nosotros mismos o se trata de una máscara, y dudamos si forma parte de nuestro ser el hecho de no expresar lo que sentimos.

Probablemente todos llevamos máscaras y el principal motivo es agradar a los demás, porque a cambio esperamos que nos demuestren afecto, necesitamos sentirnos aceptados y admirados, y en último término, queridos. Yo, que siempre me he considerado una persona sincera, me doy cuenta que ese comportamiento que surge en mí de manera instintiva, que un día asumí y tatué en mi piel de manera irreflexiva, ese que me lleva a agradar al resto de los mortales por Decreto Ley…, pues, me doy cuenta digo, que no deja de convertirse en la forma más corriente de “mentir”, empezando por mí misma.

Es un asunto de supervivencia, supongo. Llevar máscara me ha funcionado porque me ha protegido, me ha salvado de dar explicaciones, e incluso me ha ayudado a manejar las emociones porque no siempre me ha apetecido mostrar más de lo que considero que los otros deben saber de mí; pero lo infernal de todo esto es convertir lo que sería una cualidad en el pan nuestro de cada día ya que esta actitud conlleva un desgaste físico y mental de órdago. Y pasa el tiempo, y te das cuenta que la máscara se va pegando a tú rostro y comienza a ser una espinosa tarea distinguir en qué punto se acaba el plástico, y sucede que nos comprometemos en exceso, y sentimos que nos fastidia, y es entonces el momento ideal para respirar hondo y pararse a reflexionar.

Ahora que he comprendido que puedo perfectamente elegir no complacer a otra persona si ello va en contra de mis deseos, y no sentirme fatal por ello, y que la persona que más merece mi atención no es otra que yo misma, pues como que me gusto infinitamente más. Y no contenta con esto, descubro también que cuando una se gusta la sensación es genial porque soy capaz de transmitir sin pretenderlo el deseo de querer gustar. Sin embargo, cuando no nos valoramos, lo que vamos gritando al viento es que no poseemos valor y la gente de nuestro entorno terminará creyéndonos puesto que se lo estamos demostrando. En mi caso, intuyo que yo misma contribuí con mi actitud a que cualquier otra mujer le pareciera mejor que yo, pero este asunto ya ha dejado de preocuparme.

Cuando una persona está contenta consigo misma, también salen a la luz los recursos que tiene, somos muy conscientes de ellos y sabemos que ante las adversidades tan sólo es necesario cambiar nuestra actitud, y en este sentido, estoy muy convencida que merece la pena esforzarse por el cambio, porque me parece que es mucho, mucho lo que perdemos por no querernos. ¿Y no sería mejor dejar aparcadita la arrogante actitud de yo soy así y nunca cambiaré!?? Porque es obvio que no es otra cosa que un claro signo de inmadurez y que indudablemente que podemos modificar las propias conductas, esas que ya sabemos que no nos gustan. La receta es bien sencilla: una cucharadita de voluntad y creérselo mientras dura la cocción!!

Y para que no os pille por sorpresa, he decido seguir viviendo al natural y sin conservantes, porque tengo un compromiso personal que me encanta. Efectivamente, siempre me he sentido un poco caramelo, algunas veces de tamaño descomunal…, y aunque es cierto que me gusta ser dulce, y colaborar, agradar, ser complaciente y toda la gama de tonalidades, una serie de reflexiones me han llevado a pensar y decidir que a partir de ahora seré un caramelo sólo en determinadas ocasiones, esencialmente cuando yo, Ana, lo elija, y con esta idea tan sólo pretendo explicar que no pienso “crear” la intención de serlo. Ea!


“La mayoría de la gente está atrapada en una armadura”

El Caballero de la Armadura Oxidada, de Robert Fisher





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